5 cosas que aprendí al darme un Coffee Break

Todos saben que comenzar es difícil. Todos, excepto los soñadores. Por eso, cuando Flor me invitó a un Beer Break para hablar de ideas y sueños, (por aquel entonces no sabíamos que cambiaríamos las cervezas por cafés), para mí fue bastante fácil decirle que sí. Que sí, pero que me tenía que esperar hasta Febrero pues ya tenía un viaje programado a Rusia. Que sí, porque ya tenemos un proyecto en común, Non Girly Blue. Que sí, porque si lo habíamos logrado una vez, ¿por qué no una segunda vez?

Esa noche de diciembre hablamos mucho, como siempre lo hacemos. Hablamos de lo bueno de la industria, de lo malo de los sistemas, de lo extraño de este mundo en constante flux. Hablamos de los sueños, esos que desde que nacen comienzan a crecer y que por más que uno intente evadirlos siempre encuentran formas de manifestarse, de salir a la superficie y gritar “no puedes ignorarme”, y los ves dos, cinco, diez años después, para nada descoloridos, para nada desnutridos, sino que fortificados, nutridos por las entrañas, por el corazón.
Así platicamos esa noche.

Era diciembre y no teníamos nombre. No teníamos procesos. No teníamos esos archivos en Excel que registran números y fechas y que documentan los logros y los retos, esos que nos enseñan cómo hacer las cosas mejor. No teníamos nada, ni siquiera la remota idea de que materializar sueños es más trabajo que el trabajo.

Cuatro meses después miro hacia atrás, no para coger impulso, sino que para ver el camino recorrido. Para entender que aunque el mundo te venda la idea de “perseguir tus sueños”, de “emprender”, de “ser independiente”, realmente son pocos aquellos que te hablan cómo lograrlo, y que son escasos quienes te ayudan a recorrer camino.

Por eso, acá quiero compartirles 5 cosas que he aprendido hasta la fecha dentro de este Coffee Break.

1. Aterrizar requiere habilidades.
Todo el mundo tiene ideas. Todos. Pero, ¿Qué pasa cuando crees en una de ellas y no sabés cómo bajarla a tierra? Soñar es fácil, es gratis, pero accionar los mecanismos para comenzar a bajar a tierra es otra historia. Para que me entiendan, aterrizar una idea es similar a aterrizar en Toncontín: intrincado, lleno de vueltas y turbulencias, de una pista de aterrizaje demasiado corta y un frenazo violento obligado porque si no lo hacés, terminás en un accidente fatal al otro lado de la carretera. Así es comenzar una empresa con cero conocimiento, cero capital, cero alianzas pero mil ganas de materializar los sueños. No cualquiera aterriza en Toncontín, el segundo aeropuerto más peligroso del mundo. Aterrizar requiere conocimiento, preparación y también ser consciente que cualquier idea por más ingeniosa que parezca, tiene el potencial de estrellarse en el camino. Lo que me lleva al aprendizaje #2.

2. La importancia de los sistemas.
Salirse de la industria publicitaria como la conocemos es un ideal, un acto de rebeldía, un sueño por hacer realidad. Sí… Sentir la libertad de hacer lo que te plazca, de trazar tu propio norte, de alzar tus propias banderas… es lindo, es necesario, pero solamente es el primer paso. Para echar andar una idea es necesario fijar rumbos y trazar caminos, en otras palabras, planificar. Mi parte funcional-racional, y la experiencia, me ha demostrado múltiples veces en situaciones diferentes que sin un sistema no se llega muy lejos. La idea acá no es “construir” un sistema, tal acercamiento es un error. Hasta el mejor de los sistemas si se aborda desde la visión de “construcción” llega a ser complicado, engorroso y rígido. La importancia de un sistema no es para encasillar, no es para definir y mucho menos es para ser respetado. Un sistema es para delinear los potenciales caminos y, con el tiempo, la práctica, la experiencia, modificarlo, mejorarlo, botarlo y reinventarlo. Un sistema es como el cuerpo, es una cosa orgánica, mutable y cambiante.

3. Ser dueño comienza desde adentro.
No basta con decir “tengo una idea”, o decir “comencemos una empresa”. Ese es solo el primer paso. Para llevar a cabo una idea es fundamental sentirse dueño, apersonarse —como diría el papá de una amiga colombiana; es apropiarse de las ideas, de los procesos, de los retos, de los fracasos, de los logros. Sentirse dueño porque si uno no camina, tampoco camina la cosa. Porque si uno no es dueño, nadie más lo será; pero más que dueño de algo se trata de sentirse dueño de uno mismo, de entender que todo lo que se hace comienza con la responsabilidad, de entender que lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, no sólo deben ser congruentes, sino que deben estar alineados. Si tener una idea es el primer paso, yo diría que adueñarse de la idea es el segundo.

4. Entender que no se puede solo.
Nadie es líder de una banda de una sola persona. Fueron las conexiones de la vida que me puso desde el comienzo muy buenos mentores. Cuando yo tenía 22 años, mi primer jefe, amigo y maestro Gustavo Gutiérrez me enseño con acciones que esta industria no es de glorias individuales. Que ese ego de “one-man-show” solo te lleva al deterioro. Esta ya no es una industria de egos individuales, de estrellas creativas que buscan tocar el fuego. El verdadero poder está en el colectivo, en la capacidad y necesidad humana de colaborar, de participar, de crecer, aprender y reaprender, de adaptar y remezclar. El éxito no radica en aprender cosas nuevas todos los días, el éxito radica en saber de qué se carece y buscar aliados que crean en tí y te ayuden a llegar a donde quieres llegar.

5. La energía femenina es creativa.
Y es acá donde llego a este punto, que más que aprendizaje, es una verdad: la energía femenina es creativa. Fue nuestra asesora Cristina Alvarez de Credisol, quien entre sesiones financieras, que además parecían clases de inteligencia emocional, empoderamiento femenino y visualización hacia un futuro colectivo y armónico, nos ayudó a redescrubrir esta verdad. Porque, ¿Qué es lo que pasa? Venimos de una industria creativa dominada por hombres, diseccionada por overheads y controlada por órdenes de trabajo que en lugar de rentabilizar, destruyen el espíritu creativo. Una industria donde el camino creativo para una mujer no es ni ⅓ de lo que vivió Peggy Olson en la tan afamanda serie “MadMen”, porque si se llamara MadWoman seguramente fuera una secuela a esa película “Durmiendo con el Enemigo”. Si señores, la industria creativa es dura. Es esa donde apenas 3% son directoras creativas. Esa donde ser reconocida como “creativa” es un mito porque de 5 lugares donde he trabajado, solo en 1 habían directoras creativas y ambas renunciaron. Esa donde muchas tiran la toalla y migran a cuentas, a medios, a planning; o terminan saliéndose del juego porque dejamos de creer en nuestros superpoderes, porque les creemos y olvidamos la verdad: que la energía femenina es, por naturaleza primero y por derecho después, creativa. Si no me creen, simplemente recuerden su infancia, ¿Quién se inventaba los juegos cuando esperaban aburridos en la sala del doctor? ¿Quién encendía sus paladares con la comida? ¿Quién se inventaba las historias para explicar el mundo? ¿Quién planificaba las vacaciones? ¿Quién? Piénsenlo. Recuérdenlo. Repítanlo: la energía femenina ES creativa.

Y así, esos son algunos de los aprendizajes que me ha dejado este Coffee Break. Vendrán más, así como vendrán más coffee breaks, más retos y más logros.
Vendrán más.

Instrucciones para sacar la mierda

Hace varios meses conocí a una terapeuta infantil. Parte de su trabajo es enseñarle a los niños a despedirse de la mierda. Si. Despedirse de la mierda. Esfínteres 1 y Esfínteres 2 son los niveles de educación donde los niños aprenden a controlar sus necesidades fisiológicas. Mientras hablaba con esta educadora, aprendí que parte de este método es aprender que desechar la mierda. Si tan solo a mí me hubiesen enseñado a hacerlo.

No profundicé mucho sobre el cómo porque la sorpresa ante estos nuevos conceptos me dejó anonadada. Meses después, aquí me encuentro reflexionando —y escribiendo sobre la mierda.

Instrucciones para sacar la mierda

  1. Reconozca que la mierda es un resultado de causa y efecto. Es un proceso natural de ingestión/digestión.
  2. Recuerde que ningún organismo vivo es capaz de absorber todo lo que ingiere y, por lo tanto, todo aquello que no aporte nutrientes ni oportunidades para crecer debe ser prontamente desechado. Un organismo saludable evacúa diariamente.
  3. Entienda que la mierda no está afuera en el mundo. No, el mundo, la sociedad, su trabajo, no son la mierda. La verdadera mierda está dentro de usted.
  4. La mierda ocupa espacio en su interior, reconozca que al no contar con nutrientes, es un espacio ocupado y sin valor, es un espacio lleno de —mierda.
  5. Respire. Reconozca las señales en su organismo que le indiquen que es hora de soltar y evacuar.
  6. Relájese. Muchas veces puede ser complicado dejar ir la mierda, lo que puede llevar a un proceso de constipación, pero recuerde que más que una incapacidad para evacuar, se trata de un bloqueo en el proceso de soltar y dejar ir todo aquello que no es constructivo para usted.
  7. Rechace los atajos, medicamentos y cualquier otro menjunje que le asegure ya sea una tapazón o una descongestión. Ningún atajo es verdaderamente efectivo y únicamente puede propinarle una descompensación. Lo que nos lleva al siguiente punto:
  8. Respete su tiempo. Recuerde que dependiendo de lo que haya dejado entrar en su organismo, así puede ser complicado o fácil el proceso de soltura y evacuación. Dese el tiempo necesario para poder sacar todo aquello que le roba espacio y vitalidad. Más vale mierda afuera que putrefacción interna.
  9. Evacúe diariamente. Aún cuando considere que no hay nada que evacuar, tómese su tiempo para sentir su organismo y deseche todo aquello que le incomode, que no le permita crecer o que simplemente le robe espacio para su felicidad.
  10. Finalmente, vea la mierda fuera de usted, tire de la cadena, deje el agua fluir y sonría, ¡Adiós, mierda!.

I saw the gap again today.

For many years, Maynard sung this line in my head. It played over and over whenever I found myself in situations I could not cope with, reminding me that disassociation was always the best way to deal with emotional pain, creating many, many gaps between me and myself, between myself and the world.

A metaphor or not, the gap is real. It mutates. It widens. It’s dangerous. The gap is dark. The gap is vicious. The gap remains silent and looks at you even when you don’t look at it. The gap is vast, like a black hole in the universe.

I would sit in front of the gap not daring to move, not daring to enter either. “I know where thou ist, gap! Dare I not to enter.” I’d shout at the gap and walk away to find any distraction, like work, friends, alcohol, money / g a p / relationships, fancy dinners / g a p / meditation, breathe in, breathe out, yoga / g a p / food, friends, films / g a p / sleep, family, travel / g a p / work again, blog posts, friends, / g a p / pizza, beer, beach / g a p / Scotch nights, more travel, new languages / g a p /  g   a    p    /      g       a        p. The gap is eternal, all-pervading. It’s always there, silent, all-observant.

“Hello, gap,” I smiled nervously every time I saw it.

By my 26th birthday, the gap wanted me. I was afraid to go through the gap. The truth is that I was deadly afraid of the gap. The gap seemed real and I all I could do was stand in front of it,  frozen, unwilling to cross, unwilling to disappear.

“Take care not to make me enter,” I repeated to myself. I didn’t want to let the other “me(s)” disappear. I didn’t know what the gap was nor what I would find on the other side. To me, it was a giant void on unknowness. I wanted fresh things but known situations. I wanted freedom but safety. I wanted change but to continue wherever I was. I wanted to belong and go away at the same time. I wanted to keep the work, the friends, the love I’d achieved with so much dedication and effort. I wanted to fight for the dreamed world, even if it meant to live vicariously. But the gap was vicious, pushing me, shoving me, bloodsucking my sanity and resistance. That’s when I panicked. I was afraid that my suicidal tendencies would wake up from their sleep and push me hard into real physical harm. I was afraid of a mental break down. Moreover, I was afraid of the gap because I couldn’t find it outside. The gap was within. The gap was me.

A rampage of smoking and drinking made the perfect escape. Isolation was the cherry on top of the cake. What a glorious tool denial and disassociation is. When you detach from yourself and your surroundings, the gap not only becomes unemotionally painful, it fades away under a foggy sky of existentialism. But make no mistake, all the pain you try to avoid, it will come. Pain always comes disguised as change.

Four years have passed, and as change is the only constant, everything has changed. I don’t have the same job I worked so hard to earn. I don’t have the same friends but the ones I keep are the ones I need. I’ve accomplished most of the things I’ve said I would do by my thirties. I’m free to love whoever, wherever I want. Day after day, I struggle with my disassociation tendencies because I don’t want to live vicariously anymore.

I’ve accepted the gap and acknowledged it as it is: a gap. I’ve been standing in front of the gap for a year now, looking to the other side, thinking if I really have to enter. Will I disappear? I ask myself. Most likely not. What’s in me that I’m so reluctant to lose?, I ask.

As an effort to keep me grounded and socialise with other humans, I went hiking yesterday. The place was new and shining. Nature grew wild and splendorous. Humanity was nothing compared to the rocky mountains and trees. There I was, lost in thought when I saw the gap again. For once, I felt no fear. I didn’t want to run away.

For the first time I was able to see the gap  outside. The gap was physical. The gap was rocks. The gap was in fact, a gap.

From the distance, all you could see was the remains of a giant rock, now broken by earthquakes, rain and erosion.

The once solid rock was now a  passageway where particles of dust played in the air between rays of light, creating a martian-like atmosphere. The caverns created interconnected tunnels where you could walk and climb. Walking inside the rock all you could think of was on the other side. Where does it lead? What will I find? Mellow moss grew in the shadows. In the walls, the remains of spider webs. On the other side, a mild waterfall. Small ponds of water and fish.

There was no mystery, only life behind the gap.

The world seems cruel when it comes to change. Sometimes, it can be brutal but it surely delivers the best. Even diamonds were once only carbon.

DA20160229

Escribir hasta que la mierda salga

Imagen: Breanna Rose 

Entre los budistas existe un símil que describe a la mente con una alberca con agua. Dicha alberca no puede encontrarse vacía pues representa la totalidad de pensamientos, palabras y acciones que hemos acumulado a lo largo esta —y anteriores— vidas. Es la calidad de las acciones lo que determina si el agua fluye o se espesa, y así como vamos repletos de acciones virtuosas y no tan virtuosas, muchos tenemos albercas de agua sucia que el tiempo y las acciones poco beneficiosas estancan en lodo.

¿Cómo vaciar todo ese lodo? Depositando agua limpia a través de acciones beneficiosas. Mientras más agua se deposite, más se suavizará, fluyendo fuera de la alberca y dejando espacio para el agua clara. Un sencillo ejercicio para comprender algo tan básico como “causa y efecto” —o karma, en términos budistas.

Desde una perspectiva didáctica, este cuentico de depositar agua clara para aflojar el lodo parece una meta alcanzable. Vamos por ahí pensando que sí es posible comportarse beneficiosamente e ir generando karma “positivo”. Facilita, de alguna manera, comprender que esas “acciones gotero” generan grandes resultados.

Dentro de la actividades del taller literario, al que asisto por tres meses ya, se habla mucho de construir la disciplina de escribir diariamente. “Para mantener la mano caliente”, “para engañar al olvido y capturar ideas”, “para visibilizar el pensamiento, hacer catarsis, (inserte su razón acá)”. Sea para lo que sea, un escritor es escritor porque escribe, porque su oficio no es solamente tener ideas, sino que escribirlas.

Es acá cuando descubro que muchas veces tengo escasa disposición para escribir los ejercicios en los que se busca desarrollar, no sólo el estilo y la exploración literaria, sino que la disciplina. Me doy cuenta que no sólo se trata de escribir porque se puede. Se trata, igual que ese ejemplo de la alberca, de práctica. Que más que disciplina, es enfoque. Más que disposición, es visión. Que más que deseo, es acción con motivación precisa. Que así como para dejar fluir el lodo mental son necesarias las acciones beneficiosas, así para el escritor es necesario escribir diariamente para pulir el oficio porque tantas palabras, ideas zombies y páginas sin pies ni cabeza, son esencialmente lo mismo: echar palabras en la alberca de la página para vaciar la mierda y, con el tiempo —y la paciencia—, llenar páginas con ideas expresadas en textos cada vez más claros y fluidos.

Porque una obra no es más que el resultado de la prueba y error dentro de una práctica. Un libro no es más que una colección ordenada de ideas sobrevivientes luego de litros y galones de palabras depositados en la alberca del papel, aparentemente tan vacío, pero tan lleno de miedo, inseguridad y confusión.

Sólo los que no lo hacen dirán que es fácil, pero no lo es. Escribir desde la mierda requiere valentía, requiere responsabilidad, requiere decisión, así como lo requiere dejar fluir el lodo mental.

De vagancias, rocanrol, colisiones y otras vueltas

I
De vagancias y rocanrol…

Después de mucho tiempo, esta semana escuché música de Ricardo Andrade y los Últimos Adictos. Aún días después, mi memoria repite fragmentos de esa canción “El Vagabundo”. ¿Será así de contagiosa esa música o será mi terca humanidad en su intento desbocado de recordar?

Escuchar el “Concierto en El Salvador”, con insertos de “Astral 94.9”, es escuchar el recuerdo: las escapadas del colegio. El primer novio. La casa prestada. La noticia de la balacera que reclamó la vida del cantautor chapín. El techo de madera y los Marlboro Light en la repisa frente al espejo de bordes dorados en la sala de la casa de mi amigo Juan. Tener 16 años.

Más que eso, no recuerdo. Ya no sé quien fuí. He cambiado (y olvidado) tanto que las pocas fotografías de esa época se me hacen irreconocibles. ¿Quién era? ¿Qué anhelaba? ¿Qué sueños profundos me mantenían despierta por la noche? ¿Qué miedos me paralizaban?

No lo sé.

Tampoco importa ahora, 13 años después. Siempre he creído que la mala memoria no es la que olvida, sino la que recuerda. Y es dentro de este fragmento musical “de orgullo centroamericano”, como saludaría Andrade al inicio de ese concierto, que me encuentro como un sueño a la mitad, dando vueltas como agujas de reloj, regresando a los mismos lugares sin recuerdos, partiéndome en dos mientras me pregunto ¿Por qué recuerdo tan poco? ¿Por qué la vida se me escurre en escribir reflexiones imprecisas de un “aquí y ahora” con la esperanza de recordar en un mañana incierto? ¿Será tan buena mi memoria que olvida o es grave la enfermedad humana de recordar? ¿Será que a todos les pasa igual?

Por motivos de ejercicios literarios en del taller de @jacintario, ayer salí a “vagabundear” después de mucho encierro. Paso a paso, entre caminos de asfalto, cemento, gravilla y grama, me descubrí como una terranauta, orbitando desde la periferia, reconociendo a una raza tan diversa al interior de un planeta palpitante de deportes, actividad y humanidad, mientras mi mente cantaba con prestado acento chapín,

“yo puedo dar si quiero vuelta al mundo,
porque el mundo soy yo,
cantando con su voz…”

Hacía mucho que no vagabundeaba. Recordé, sin muchos preámbulos, la maravilla de ir sin dirección. La libertad de deambular sin objetivos. De vagar por el simple amor a vivir y percibir el entorno con brillantez y novedad. Como si de un ente que por primera vez explora la tierra se tratase, mi ser errante saboreó una vez más de un mundo natural y des-humano. Efímero aún dentro de su perpetuidad. Silencioso. Solemne y radiante.

¿Será que para eso olvidamos? ¿Para redescubrir la ingenuidad y los secretos más sutiles de este mundo? ¿Y después de tantas vueltas, reencontrarnos con la magia radiante e infinita? ¿Para impregnarnos de efímeridad?

II
…colisiones y otras vueltas

Como poseído por terrícola impulso, los pasos concretos y rígidos transformaron al terranauta, conduciéndole irrevocablemente hacia la fecunda suavidad de tierras oscuras, decoradas por relucientes piedrecillas y esponjada por aguas generosas, cómplices de tormentas y nocturnidad.

Aguerrido, se abrió paso entre la exhuberante vegetación. Con la dificultad de un alpinista debutante, escaló los Cinco Montículos Premonitorios, en cuyas cúspides no encontró ni sabios ni oráculos, sino que extensos paisajes vacuos y un vasto sabor a libertad. Avanzó por los invisibles senderos y descubrió pequeños sahumerios de maíz tostado, ofrendas ceremoniales por muy pocos degustados. Infló su pecho y en el ahínco sagrado del humo, encontró una fuerza desconocida que le arrastró hacia la cúspide del Tercer Montículo. Desde la inhóspita altitud divisó en la distancia una pradera de abundante verdor. Estrepitósamente, como si los dioses le arrastraran por las solapas de su abrigo azul, descendió hacia aquel llano recubierto de una pelusilla minúscula e infinita, y rodeado por altos troncos que cerraban el espacio en un círculo de verde primor, descansó.

Desde el suelo contempló aquel techo movedizo por el cual se filtraban rayos de sol. Agudizó el oído y, más que brisa, escuchó voces vegetales. Al verse rodeado de madera viviente, reconoció que se encontraba en medio de una arbórea conversación. Era del octicentésimo Concilio de Almendros, celebrado a las vísperas de la Procesión de las Sombras y, justo en el momento en que el terranauta invocaba a las musas del sueño, en risas salpicantes estallaron los Almendros. Era la primera vez que el terranauta veía árboles de tan elevada estatura, pero no fue la verticalidad de sus troncos la causa de profundas impresiones, sino que las amplias hojas explayadas recubriendo el firmamento. Las clorofílicas risas cesaron, y fue evidente que además de cómicos, los Almendros avanzaban hacia temas de fortuita seriedad, o por lo menos, secretos para el oído humano, ese que por escuchar de todo, no recuerda nada, y que intercambia magia y sueños por otro tipo de hojas, que en lugar de venas y sangre verde, imprimen rostros y números dejando el aire impregnado en fétido olor.

Quince años atrás, en el afán de alejarse de humanas distracciones, los Cinco Sabios Almendros decidieron elevarse hacia lo más alto del firmamento para entablar cómodamente sus conversaciones trascendentales, mientras entre hoja y hoja, degustaban copas de clorofila refrescadas por corrientes de aire. Tanto se elevaron que además de la calma y el silencio, encontraron la efervescencia del Sol, ese que en lugar iluminar sus pláticas, las encendía con su fulminante calor. En su sabiduría, y para evitar innecesarios incendios, los enardecidos Almendros esperaban pacientes por las refrescantes aguas disfrazadas de lloviznas intermitentes o tormentas tempestuosas. Así crecieron, por cientos de años, los Sabios Almendros, conversando e imaginando con la infinidad del cielo, soñando entre nube y nube con un mundo más sencillo, sin plagas de hormigas cosquilleando por sus troncos, sin ardillas robando y carcomiendo a sus tiernas hijas las Almendras, pero más importante aún, sin humanos taladrando, con sus chácharas viciosas, el verde silencio.

Qué temas fueron dignos de conversación serán para siempre un misterio, pues a pesar de su oído fino y la perspicacia de sus ojos, el terranauta no comprendía el lenguaje de los Almendros; ese que en su verdor se fuga por entre las ramas y que al madurar se escapa junto a la brisa cayendo en la tierra, recubriéndola de una alfombra frondosa y digna para la Procesión de las Sombras, esas que al atardecer desfilan por el sendero de la eternidad rumbo a los mausoleos de colores con nombres pintados sobre pequeños azulejos.

Bajo las voces ininteligibles y el flagrante camino cubierto de Sombras, avanzó la oscuridad taloneando los pasos sonrojados de un Sol cada vez más perecedero. En la penumbra, el susurro clorofílico cesó y de las visiones almendradas sólo quedó una oscuridad salvaje tropezando con las risas y aplausos, los gritos y halagos, los juegos y regaños de los vivos; mientras todos estos misterios le eran revelados al silencioso terranauta, quien paciente escuchaba a los difuntos parlanchines, y que de vez en cuando se acercaban con historias, encontrando palabras humanas para revelar esos secretos que la imaginación onírica, y el hipo, previene a los cuentistas de callar.

The Wall, revisited.

(La siguiente historia contiene spoilers sobre el film Roger Waters The Wall. Han sido advertidos).

Anoche fui al cine a ver Roger Waters The Wall. El film, contrario al disco o a los “conciertos”, no comienza de golpe. Todos sabemos de qué va The Wall y la tecnología utilizada por Roger en su gira conmemorativa por el 30 aniversario, pero no todos conocemos la historia de Waters. Me limitaré entonces a escribir que durante la secuencia de títulos, vemos a un tal Mr. Waters caminando acompañado de un maletín y una trompeta. Se sube a un automóvil, lo enciende y se va. Me parece un inicio inesperado, especialmente porque cuando pienso en The Wall, siempre pienso es ese hammond punzante e histérico sonando, literalmente, “In the Flesh”.

Con un Roger maduro, un desfile de músicos de primer nivel y guitarras que van desde telecasters, la reluciente gibson goldtop de Snowy White, un set de acústicas y la clásica stratocaster recordando a Gilmour, el film se extiende, canción tras canción, en la relación personal entre Mr. Waters y su padre; mezclada con una recopilación de los diferentes conciertos realizados en la gira de 30 aniversario, con arreglos musicales y una puesta en escena muy fieles, (o muy poco modificados, según Nick Mason) a la producción original. ¿Que puedo escribir? Sí, se estrella el avión en una algarabía de fuegos artificiales. Sí, aparece el maestro gigante mientras todos dentro de la sala de cine cantamos “we don’t need no education” y en los pies siento las vibraciones en el piso pues alguien, al otro extremo de la fila H, zapatea con increíble precisión y emoción. Sí, también aparece el Roger del pasado, flaco y en blanco y negro junto a la madre gigante con brazos de muro afirmando que no nos dejará volar, pero sí cantar; mientras detrás en la pantalla roja, el Hermano Mayor nos observa con su ojo penetrante.

Mataría por haber visto este show en vivo. Un temblor interno me invade. No es el frio del cine, ni la Coca-Cola con hielo por falta de cerveza o whisky. Es el temblor producto de las emociones que se me agolpan cuando recuerdo cómo llegué al muro. Pink Floyd, más que música, significa amistad. Significa recordar a todos aquellos que se apropiaron la misión de transmitir este legado. Y hoy, después de tantas vueltas, por primera vez comparto el muro con tanta gente desconocida mientras al unísono y en murmullos cantamos “Goodbye blue sky, goodbye… Goodbye. Goodbye.”

Ya vamos bien adentro, y en las sombrías y amenazantes tonadas de “Empty Spaces”, comprendo una vez más que hemos llegado al punto de no retorno. A Pink ya no le queda más remedio que terminar el maldito muro. Cuatro filas abajo, una chica de pelo corto baila, literalmente, al ritmo de “Young Lust” mientras un desfiladero de chicas aparece en la gran pantalla. Pink avanza en la tarea de construir un muro donde Roger proyecta a todos aquellos que han caído en combates y guerras. Mientras tanto, Mr. Waters avanza rumbo a Italia dentro de su vehículo negro, acompañado de historias, paisajes y recuerdos.

Una persona en la fila de abajo saca su dispositivo móvil para grabar todas esas escenas donde conocemos más sobre Mr. Waters. Dos desconocidos de edad madura murmuran a mi lado que si van a sonar todas las canciones. Que han modificado el orden, exclama uno. Que no, le responde el otro. Tenía mucho tiempo de no escuchar el muro, y al visitarlo hoy, tan sin aviso, me doy cuenta de que he olvidado el orden de las canciones. ¿A qué horas suena Vera, era antes o después de Another Brick in the Wall 3? En eso estoy cuando Roger se asoma por el único ladrillo que falta en el muro y la audiencia susurra “Goodbye, cruel world, I’m leaving you today. Goodbye. Goodbye… Goodbye.”

El muro se cierra por completo. En la pantalla no queda más que un muro impenetrable y ese chip mental de cambiar del lado A al B.

Suena “Hey You” y comienza, a mi criterio, la parte más emocional de todo el muro, no sólo por la música o por conocer el estado emocional de Pink, sino porque al igual que muchos otros, sé lo que significa hablar con muros. Será por la experiencia colectiva, o por todas las cosas que me ha tocado vivir, pero esta vez no pienso en mis muros, pienso en los ajenos. Entre los involuntarios temblores, el frío del cine y gente desconocida que murmura solemnemente “Hey you ! out there in the cold getting lonely, getting old, can you feel me…” me veo sentada afuera, igual como estoy desde la butaca de cine, viendo no el muro de Pink, ni el de Roger ni el de Mr. Waters; estoy viendo el muro de todos aquellos que de alguna u otra manera me sacaron de su vida en un silencio duro y tenaz. ¿Soy yo un ladrillo más en esos muros? me pregunto mientras con tristeza susurro, “Is there anybody out there?”

En el silencio, sólo me queda “Vera”. En mi corazón, genuinamente deseo que lo que ella dijo sea verdad, que esos ex(?)amigos y yo, nos encontremos nuevamente en un día soleado. Que de la misma forma como proyecta Roger en su muro, todos los que tienen a alguien lejos por causa de un conflicto, propio o ajeno, se reencuentren también. Que como escribe en el muro, citando a Eisenhower, dejemos de robarle vida al mundo.

Mientras tanto, el show debe continuar.

El film avanza entre cortes del concierto de un Roger dramatizando a un Pink revitalizado por las drogas, acribillando fans en la audiencia, corriendo hacia el infierno de día y de noche mientras martillos gigantes marchan y me siento junto a Roger en el bunker detrás del muro a esperar a que los gusanos lleguen, esperando vestir una camiseta negra, esperando por la solución final mientras acompañamos a un Mr. Waters en su viaje de no retorno desde Francia hasta Italia, donde descubrimos más sobre él, sobre los nazis, sobre la guerra, sobre su familia, sobre su padre. Sobre lo que, a fin de cuentas, significa perder. Así llegamos al juicio final, a través de un trabajo cinematográfico que no sólo añade belleza estética al mundo o complementa la narrativa de The Wall, sino que revitaliza el significado emocional de ese muro longevo que se alarga y adapta hasta el día de hoy, 36 años después.

Roger Waters The Wall es más que un “ musical” recopilatorio de su gira de 30 aniversario. Es más que un documental que cuenta memorias familiares de un Mr. Waters setentón. The Wall es, y seguirá siendo, una experiencia personal y colectiva. Es, y seguirá siendo, un “wake up call”. Es, y seguirá siendo, eterno.

—DA20150930