IMG_3900

De vagancias, rocanrol, colisiones y otras vueltas

I
De vagancias y rocanrol…

Después de mucho tiempo, esta semana escuché música de Ricardo Andrade y los Últimos Adictos. Aún días después, mi memoria repite fragmentos de esa canción “El Vagabundo”. ¿Será así de contagiosa esa música o será mi terca humanidad en su intento desbocado de recordar?

Escuchar el “Concierto en El Salvador”, con insertos de “Astral 94.9”, es escuchar el recuerdo: las escapadas del colegio. El primer novio. La casa prestada. La noticia de la balacera que reclamó la vida del cantautor chapín. El techo de madera y los Marlboro Light en la repisa frente al espejo de bordes dorados en la sala de la casa de mi amigo Juan. Tener 16 años.

Más que eso, no recuerdo. Ya no sé quien fuí. He cambiado (y olvidado) tanto que las pocas fotografías de esa época se me hacen irreconocibles. ¿Quién era? ¿Qué anhelaba? ¿Qué sueños profundos me mantenían despierta por la noche? ¿Qué miedos me paralizaban?

No lo sé.

Tampoco importa ahora, 13 años después. Siempre he creído que la mala memoria no es la que olvida, sino la que recuerda. Y es dentro de este fragmento musical “de orgullo centroamericano”, como saludaría Andrade al inicio de ese concierto, que me encuentro como un sueño a la mitad, dando vueltas como agujas de reloj, regresando a los mismos lugares sin recuerdos, partiéndome en dos mientras me pregunto ¿Por qué recuerdo tan poco? ¿Por qué la vida se me escurre en escribir reflexiones imprecisas de un “aquí y ahora” con la esperanza de recordar en un mañana incierto? ¿Será tan buena mi memoria que olvida o es grave la enfermedad humana de recordar? ¿Será que a todos les pasa igual?

Por motivos de ejercicios literarios en del taller de @jacintario, ayer salí a “vagabundear” después de mucho encierro. Paso a paso, entre caminos de asfalto, cemento, gravilla y grama, me descubrí como una terranauta, orbitando desde la periferia, reconociendo a una raza tan diversa al interior de un planeta palpitante de deportes, actividad y humanidad, mientras mi mente cantaba con prestado acento chapín,

“yo puedo dar si quiero vuelta al mundo,
porque el mundo soy yo,
cantando con su voz…”

Hacía mucho que no vagabundeaba. Recordé, sin muchos preámbulos, la maravilla de ir sin dirección. La libertad de deambular sin objetivos. De vagar por el simple amor a vivir y percibir el entorno con brillantez y novedad. Como si de un ente que por primera vez explora la tierra se tratase, mi ser errante saboreó una vez más de un mundo natural y des-humano. Efímero aún dentro de su perpetuidad. Silencioso. Solemne y radiante.

¿Será que para eso olvidamos? ¿Para redescubrir la ingenuidad y los secretos más sutiles de este mundo? ¿Y después de tantas vueltas, reencontrarnos con la magia radiante e infinita? ¿Para impregnarnos de efímeridad?

II
…colisiones y otras vueltas

Como poseído por terrícola impulso, los pasos concretos y rígidos transformaron al terranauta, conduciéndole irrevocablemente hacia la fecunda suavidad de tierras oscuras, decoradas por relucientes piedrecillas y esponjada por aguas generosas, cómplices de tormentas y nocturnidad.

Aguerrido, se abrió paso entre la exhuberante vegetación. Con la dificultad de un alpinista debutante, escaló los Cinco Montículos Premonitorios, en cuyas cúspides no encontró ni sabios ni oráculos, sino que extensos paisajes vacuos y un vasto sabor a libertad. Avanzó por los invisibles senderos y descubrió pequeños sahumerios de maíz tostado, ofrendas ceremoniales por muy pocos degustados. Infló su pecho y en el ahínco sagrado del humo, encontró una fuerza desconocida que le arrastró hacia la cúspide del Tercer Montículo. Desde la inhóspita altitud divisó en la distancia una pradera de abundante verdor. Estrepitósamente, como si los dioses le arrastraran por las solapas de su abrigo azul, descendió hacia aquel llano recubierto de una pelusilla minúscula e infinita, y rodeado por altos troncos que cerraban el espacio en un círculo de verde primor, descansó.

Desde el suelo contempló aquel techo movedizo por el cual se filtraban rayos de sol. Agudizó el oído y, más que brisa, escuchó voces vegetales. Al verse rodeado de madera viviente, reconoció que se encontraba en medio de una arbórea conversación. Era del octicentésimo Concilio de Almendros, celebrado a las vísperas de la Procesión de las Sombras y, justo en el momento en que el terranauta invocaba a las musas del sueño, en risas salpicantes estallaron los Almendros. Era la primera vez que el terranauta veía árboles de tan elevada estatura, pero no fue la verticalidad de sus troncos la causa de profundas impresiones, sino que las amplias hojas explayadas recubriendo el firmamento. Las clorofílicas risas cesaron, y fue evidente que además de cómicos, los Almendros avanzaban hacia temas de fortuita seriedad, o por lo menos, secretos para el oído humano, ese que por escuchar de todo, no recuerda nada, y que intercambia magia y sueños por otro tipo de hojas, que en lugar de venas y sangre verde, imprimen rostros y números dejando el aire impregnado en fétido olor.

Quince años atrás, en el afán de alejarse de humanas distracciones, los Cinco Sabios Almendros decidieron elevarse hacia lo más alto del firmamento para entablar cómodamente sus conversaciones trascendentales, mientras entre hoja y hoja, degustaban copas de clorofila refrescadas por corrientes de aire. Tanto se elevaron que además de la calma y el silencio, encontraron la efervescencia del Sol, ese que en lugar iluminar sus pláticas, las encendía con su fulminante calor. En su sabiduría, y para evitar innecesarios incendios, los enardecidos Almendros esperaban pacientes por las refrescantes aguas disfrazadas de lloviznas intermitentes o tormentas tempestuosas. Así crecieron, por cientos de años, los Sabios Almendros, conversando e imaginando con la infinidad del cielo, soñando entre nube y nube con un mundo más sencillo, sin plagas de hormigas cosquilleando por sus troncos, sin ardillas robando y carcomiendo a sus tiernas hijas las Almendras, pero más importante aún, sin humanos taladrando, con sus chácharas viciosas, el verde silencio.

Qué temas fueron dignos de conversación serán para siempre un misterio, pues a pesar de su oído fino y la perspicacia de sus ojos, el terranauta no comprendía el lenguaje de los Almendros; ese que en su verdor se fuga por entre las ramas y que al madurar se escapa junto a la brisa cayendo en la tierra, recubriéndola de una alfombra frondosa y digna para la Procesión de las Sombras, esas que al atardecer desfilan por el sendero de la eternidad rumbo a los mausoleos de colores con nombres pintados sobre pequeños azulejos.

Bajo las voces ininteligibles y el flagrante camino cubierto de Sombras, avanzó la oscuridad taloneando los pasos sonrojados de un Sol cada vez más perecedero. En la penumbra, el susurro clorofílico cesó y de las visiones almendradas sólo quedó una oscuridad salvaje tropezando con las risas y aplausos, los gritos y halagos, los juegos y regaños de los vivos; mientras todos estos misterios le eran revelados al silencioso terranauta, quien paciente escuchaba a los difuntos parlanchines, y que de vez en cuando se acercaban con historias, encontrando palabras humanas para revelar esos secretos que la imaginación onírica, y el hipo, previene a los cuentistas de callar.

Published by

sinrevelar

Creative strategist connecting human with brands. Life Expressionist. Film Lover.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s