The Wall

The Wall, revisited.

(La siguiente historia contiene spoilers sobre el film Roger Waters The Wall. Han sido advertidos).

Anoche fui al cine a ver Roger Waters The Wall. El film, contrario al disco o a los “conciertos”, no comienza de golpe. Todos sabemos de qué va The Wall y la tecnología utilizada por Roger en su gira conmemorativa por el 30 aniversario, pero no todos conocemos la historia de Waters. Me limitaré entonces a escribir que durante la secuencia de títulos, vemos a un tal Mr. Waters caminando acompañado de un maletín y una trompeta. Se sube a un automóvil, lo enciende y se va. Me parece un inicio inesperado, especialmente porque cuando pienso en The Wall, siempre pienso es ese hammond punzante e histérico sonando, literalmente, “In the Flesh”.

Con un Roger maduro, un desfile de músicos de primer nivel y guitarras que van desde telecasters, la reluciente gibson goldtop de Snowy White, un set de acústicas y la clásica stratocaster recordando a Gilmour, el film se extiende, canción tras canción, en la relación personal entre Mr. Waters y su padre; mezclada con una recopilación de los diferentes conciertos realizados en la gira de 30 aniversario, con arreglos musicales y una puesta en escena muy fieles, (o muy poco modificados, según Nick Mason) a la producción original. ¿Que puedo escribir? Sí, se estrella el avión en una algarabía de fuegos artificiales. Sí, aparece el maestro gigante mientras todos dentro de la sala de cine cantamos “we don’t need no education” y en los pies siento las vibraciones en el piso pues alguien, al otro extremo de la fila H, zapatea con increíble precisión y emoción. Sí, también aparece el Roger del pasado, flaco y en blanco y negro junto a la madre gigante con brazos de muro afirmando que no nos dejará volar, pero sí cantar; mientras detrás en la pantalla roja, el Hermano Mayor nos observa con su ojo penetrante.

Mataría por haber visto este show en vivo. Un temblor interno me invade. No es el frio del cine, ni la Coca-Cola con hielo por falta de cerveza o whisky. Es el temblor producto de las emociones que se me agolpan cuando recuerdo cómo llegué al muro. Pink Floyd, más que música, significa amistad. Significa recordar a todos aquellos que se apropiaron la misión de transmitir este legado. Y hoy, después de tantas vueltas, por primera vez comparto el muro con tanta gente desconocida mientras al unísono y en murmullos cantamos “Goodbye blue sky, goodbye… Goodbye. Goodbye.”

Ya vamos bien adentro, y en las sombrías y amenazantes tonadas de “Empty Spaces”, comprendo una vez más que hemos llegado al punto de no retorno. A Pink ya no le queda más remedio que terminar el maldito muro. Cuatro filas abajo, una chica de pelo corto baila, literalmente, al ritmo de “Young Lust” mientras un desfiladero de chicas aparece en la gran pantalla. Pink avanza en la tarea de construir un muro donde Roger proyecta a todos aquellos que han caído en combates y guerras. Mientras tanto, Mr. Waters avanza rumbo a Italia dentro de su vehículo negro, acompañado de historias, paisajes y recuerdos.

Una persona en la fila de abajo saca su dispositivo móvil para grabar todas esas escenas donde conocemos más sobre Mr. Waters. Dos desconocidos de edad madura murmuran a mi lado que si van a sonar todas las canciones. Que han modificado el orden, exclama uno. Que no, le responde el otro. Tenía mucho tiempo de no escuchar el muro, y al visitarlo hoy, tan sin aviso, me doy cuenta de que he olvidado el orden de las canciones. ¿A qué horas suena Vera, era antes o después de Another Brick in the Wall 3? En eso estoy cuando Roger se asoma por el único ladrillo que falta en el muro y la audiencia susurra “Goodbye, cruel world, I’m leaving you today. Goodbye. Goodbye… Goodbye.”

El muro se cierra por completo. En la pantalla no queda más que un muro impenetrable y ese chip mental de cambiar del lado A al B.

Suena “Hey You” y comienza, a mi criterio, la parte más emocional de todo el muro, no sólo por la música o por conocer el estado emocional de Pink, sino porque al igual que muchos otros, sé lo que significa hablar con muros. Será por la experiencia colectiva, o por todas las cosas que me ha tocado vivir, pero esta vez no pienso en mis muros, pienso en los ajenos. Entre los involuntarios temblores, el frío del cine y gente desconocida que murmura solemnemente “Hey you ! out there in the cold getting lonely, getting old, can you feel me…” me veo sentada afuera, igual como estoy desde la butaca de cine, viendo no el muro de Pink, ni el de Roger ni el de Mr. Waters; estoy viendo el muro de todos aquellos que de alguna u otra manera me sacaron de su vida en un silencio duro y tenaz. ¿Soy yo un ladrillo más en esos muros? me pregunto mientras con tristeza susurro, “Is there anybody out there?”

En el silencio, sólo me queda “Vera”. En mi corazón, genuinamente deseo que lo que ella dijo sea verdad, que esos ex(?)amigos y yo, nos encontremos nuevamente en un día soleado. Que de la misma forma como proyecta Roger en su muro, todos los que tienen a alguien lejos por causa de un conflicto, propio o ajeno, se reencuentren también. Que como escribe en el muro, citando a Eisenhower, dejemos de robarle vida al mundo.

Mientras tanto, el show debe continuar.

El film avanza entre cortes del concierto de un Roger dramatizando a un Pink revitalizado por las drogas, acribillando fans en la audiencia, corriendo hacia el infierno de día y de noche mientras martillos gigantes marchan y me siento junto a Roger en el bunker detrás del muro a esperar a que los gusanos lleguen, esperando vestir una camiseta negra, esperando por la solución final mientras acompañamos a un Mr. Waters en su viaje de no retorno desde Francia hasta Italia, donde descubrimos más sobre él, sobre los nazis, sobre la guerra, sobre su familia, sobre su padre. Sobre lo que, a fin de cuentas, significa perder. Así llegamos al juicio final, a través de un trabajo cinematográfico que no sólo añade belleza estética al mundo o complementa la narrativa de The Wall, sino que revitaliza el significado emocional de ese muro longevo que se alarga y adapta hasta el día de hoy, 36 años después.

Roger Waters The Wall es más que un “ musical” recopilatorio de su gira de 30 aniversario. Es más que un documental que cuenta memorias familiares de un Mr. Waters setentón. The Wall es, y seguirá siendo, una experiencia personal y colectiva. Es, y seguirá siendo, un “wake up call”. Es, y seguirá siendo, eterno.

—DA20150930

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sinrevelar

Creative strategist connecting human with brands. Life Expressionist. Film Lover.

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