Diciembre y su felicidad

Diciembre. Un mes lleno de felicidad de publicidad, regalos y aguinaldos, árboles de Navidad, pavos y Santa Claus.

El sol quema grosero en las calles de San Salvador. El tráfico está del demonio. Los bancos atragantados de personas. Y yo, contra todo pronóstico, amo diciembre. Amo esa felicidad de publicidad. Esos regalos y aguinaldos. Esos árboles de Navidad, pavos y Santa Claus.

Solía pensar que la gente que hacía eso —celebrar fiestas— eran un cliché, una burla, un síntoma visible de un consumismo desenfrenado que sólo busca vaciar sus billeteras a cambio de cosas innecesarias. Que lo esencial no se celebra en Navidad, San Valentín o el día de las Madres, sino que todos los días. Solía sentirme especial y diferente al ser de las pocas personas “razonables” y “cuerdas” que no se emocionan bobamente por una festividad. Solía pensar que no era necesario llegar a Diciembre para sentirse feliz, que esa sensación debía mantenerse todos los días y si habían personas que no lo lograban eran ellos los que estaban mal, no yo. Hasta que este año me di cuenta que el cliché era yo. Si, yo. Odiar la Navidad es tan cliché como celebrarla porque no se trata de ganar argumentos ni de tener la razón, se trata de compartir felicidad.

En este año que acaba y que deja, según algunos medios de comunicación, más de 6,800 muertos por causa de la violencia general, genuinamente comprendo que llegar al día de Navidad sea una odisea, una bendición, un regalo o producto de la buena suerte. Es en este diciembre, mientras manejo por el caos vehicular a pleno mediodía dentro de un automóvil con el aire acondicionado apagado, que me alegro genuinamente por todos aquellos que encuentran —por lo menos— razones externas para sentirse, expresar y compartir felicidad ya que para la gran mayoría, un día de felicidad equivale a un año, a una vida entera. ¿Qué podemos hacer si los seres humanos necesitamos símbolos externos para encontrarle respuestas a esas preguntas que secretamente invaden nuestro interior? Es ahí donde Diciembre, dentro del imaginario colectivo, representa eso: la felicidad de terminar algo, la felicidad de iniciar algo.

Estoy envejeciendo —o madurando—pero por primera vez me alegro de verdad pasar este mes en casa, con mi familia. Luego de tantos ires y venires, indecisiones y acciones, de viajes y fines de semana en cama, me encuentro afortunada y millonaria. Afortunada porque soy de las pocas familias que no experimentaron pérdidas por causa de una violencia descomunal dentro de un país donde la única solución visible es huir. Millonaria porque de todos los viajes que emprendí no traje nada, sólo las sonrisas, las historias y las experiencias que crecen en mi corazón. Afortunada porque de toda la gente que perdí en enemistades y distancias absurdas, me queda la sabiduría de cómo relacionarme mejor con los demás y aprender de los éxitos ajenos. Millonaria porque entre mis pocos retos y preocupaciones, logré terminar los doce libros que dije que iba a leer, ver las 100 películas que dije que iba a ver, acercarme más a mis amigos y proteger la amistad, porque logré ordenar mi economía, pero sobre todo, porque día a día aprendo a administrar mis emociones y es toda esta riqueza lo que tengo por compartir día a día, no sólo en diciembre.

Mi único deseo de Navidad es que todos los seres encuentren las joyas que el día a día oculta, en forma de sol, de sonrisas, de solidaridad y de amistad.

Escribir hasta que la mierda salga

Imagen: Breanna Rose 

Entre los budistas existe un símil que describe a la mente con una alberca con agua. Dicha alberca no puede encontrarse vacía pues representa la totalidad de pensamientos, palabras y acciones que hemos acumulado a lo largo esta —y anteriores— vidas. Es la calidad de las acciones lo que determina si el agua fluye o se espesa, y así como vamos repletos de acciones virtuosas y no tan virtuosas, muchos tenemos albercas de agua sucia que el tiempo y las acciones poco beneficiosas estancan en lodo.

¿Cómo vaciar todo ese lodo? Depositando agua limpia a través de acciones beneficiosas. Mientras más agua se deposite, más se suavizará, fluyendo fuera de la alberca y dejando espacio para el agua clara. Un sencillo ejercicio para comprender algo tan básico como “causa y efecto” —o karma, en términos budistas.

Desde una perspectiva didáctica, este cuentico de depositar agua clara para aflojar el lodo parece una meta alcanzable. Vamos por ahí pensando que sí es posible comportarse beneficiosamente e ir generando karma “positivo”. Facilita, de alguna manera, comprender que esas “acciones gotero” generan grandes resultados.

Dentro de la actividades del taller literario, al que asisto por tres meses ya, se habla mucho de construir la disciplina de escribir diariamente. “Para mantener la mano caliente”, “para engañar al olvido y capturar ideas”, “para visibilizar el pensamiento, hacer catarsis, (inserte su razón acá)”. Sea para lo que sea, un escritor es escritor porque escribe, porque su oficio no es solamente tener ideas, sino que escribirlas.

Es acá cuando descubro que muchas veces tengo escasa disposición para escribir los ejercicios en los que se busca desarrollar, no sólo el estilo y la exploración literaria, sino que la disciplina. Me doy cuenta que no sólo se trata de escribir porque se puede. Se trata, igual que ese ejemplo de la alberca, de práctica. Que más que disciplina, es enfoque. Más que disposición, es visión. Que más que deseo, es acción con motivación precisa. Que así como para dejar fluir el lodo mental son necesarias las acciones beneficiosas, así para el escritor es necesario escribir diariamente para pulir el oficio porque tantas palabras, ideas zombies y páginas sin pies ni cabeza, son esencialmente lo mismo: echar palabras en la alberca de la página para vaciar la mierda y, con el tiempo —y la paciencia—, llenar páginas con ideas expresadas en textos cada vez más claros y fluidos.

Porque una obra no es más que el resultado de la prueba y error dentro de una práctica. Un libro no es más que una colección ordenada de ideas sobrevivientes luego de litros y galones de palabras depositados en la alberca del papel, aparentemente tan vacío, pero tan lleno de miedo, inseguridad y confusión.

Sólo los que no lo hacen dirán que es fácil, pero no lo es. Escribir desde la mierda requiere valentía, requiere responsabilidad, requiere decisión, así como lo requiere dejar fluir el lodo mental.

Beach, rain, and joyful friends.

A house faces the beach. The ocean looks gray and it’s rainy. An open gompa holds attentive friends while Erik shares his 10 minute talk about the Teacher’s Importance in the Karma Kagyu Lineage. Outside, children play in the pool, more friends come and go helping with logistics: washing dishes, cleaning up the dining area, cooking lunch. This was our weekend.

For second year in a row, friends from Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Panamá and United States joined for a weekend of meditation, friendship, and fun at the Kurso Intensivo Kagyu (KuIK) at Costa Azul, El Salvador.

Invitation
KuIK 2015 Invitation

Althought the idea of a sunny beach, tanned dakas, dakinis in bikinis, and waves in the ocean was clouded by rain, the weekend was a success. Friends from all participant sanghas prepared 10-minute talks followed by 16th Karmapa meditations. A total of 14 talks were given and hundreds of Karmapa Chennos recited from Friday to Sunday.

On Saturday night, after a “parrillada”, friends from the central american sangha shared the local activities at each center. We learned from daily meditation schedules, travelling teachers visits, and experiences at Europe Center Summer Course where the first central american video was shared to Lama Ole and 7 thousand friends more. A glimpse of the local activity, both inspiring and empowering. The day ended with a party that allowed everybody to get together and dance the only way Latin Kagyus do!

Sunday met us without rain. After a strong breakfast, many friends enjoyed the beach before getting on a last set of 10-minute talks and 16th Karmapa meditation. After lunch, Guatemalan friends packed their tents, got dressed and with warm goodbyes, departed. Costa Rican and American friends stayed to help dismantle the course, leave the beach house clean, and drive back to San Salvador center.

Saturday
Friends sharing 10 minute talks at the gompa.

A regional joyful effort

The KuIK is the result of international inspiration. After sharing experiences during the “Vaya con John por Centroamérica” back in 2013, the idea to work together as a regional sangha emerged. It quickly developed into a regional course, strengthening not only the host country’s efforts, but all regional sangha bonds, benefiting from cross-country planning and organisation. It is a joyful experience where working together is the way to hold both, the view and the lineage.

The first KuIK took place in Guatemala’s living center in 2014. This year El Salvador took us to the beach, and the KuIK still has miles to go, taking us to Costa Rica for 2016 and Panama for 2017. Please, come and join us!

Joyful friends
Come and join us! Costa Rica 2016!

External Links
Budismo Camino del Diamante:

De vagancias, rocanrol, colisiones y otras vueltas

I
De vagancias y rocanrol…

Después de mucho tiempo, esta semana escuché música de Ricardo Andrade y los Últimos Adictos. Aún días después, mi memoria repite fragmentos de esa canción “El Vagabundo”. ¿Será así de contagiosa esa música o será mi terca humanidad en su intento desbocado de recordar?

Escuchar el “Concierto en El Salvador”, con insertos de “Astral 94.9”, es escuchar el recuerdo: las escapadas del colegio. El primer novio. La casa prestada. La noticia de la balacera que reclamó la vida del cantautor chapín. El techo de madera y los Marlboro Light en la repisa frente al espejo de bordes dorados en la sala de la casa de mi amigo Juan. Tener 16 años.

Más que eso, no recuerdo. Ya no sé quien fuí. He cambiado (y olvidado) tanto que las pocas fotografías de esa época se me hacen irreconocibles. ¿Quién era? ¿Qué anhelaba? ¿Qué sueños profundos me mantenían despierta por la noche? ¿Qué miedos me paralizaban?

No lo sé.

Tampoco importa ahora, 13 años después. Siempre he creído que la mala memoria no es la que olvida, sino la que recuerda. Y es dentro de este fragmento musical “de orgullo centroamericano”, como saludaría Andrade al inicio de ese concierto, que me encuentro como un sueño a la mitad, dando vueltas como agujas de reloj, regresando a los mismos lugares sin recuerdos, partiéndome en dos mientras me pregunto ¿Por qué recuerdo tan poco? ¿Por qué la vida se me escurre en escribir reflexiones imprecisas de un “aquí y ahora” con la esperanza de recordar en un mañana incierto? ¿Será tan buena mi memoria que olvida o es grave la enfermedad humana de recordar? ¿Será que a todos les pasa igual?

Por motivos de ejercicios literarios en del taller de @jacintario, ayer salí a “vagabundear” después de mucho encierro. Paso a paso, entre caminos de asfalto, cemento, gravilla y grama, me descubrí como una terranauta, orbitando desde la periferia, reconociendo a una raza tan diversa al interior de un planeta palpitante de deportes, actividad y humanidad, mientras mi mente cantaba con prestado acento chapín,

“yo puedo dar si quiero vuelta al mundo,
porque el mundo soy yo,
cantando con su voz…”

Hacía mucho que no vagabundeaba. Recordé, sin muchos preámbulos, la maravilla de ir sin dirección. La libertad de deambular sin objetivos. De vagar por el simple amor a vivir y percibir el entorno con brillantez y novedad. Como si de un ente que por primera vez explora la tierra se tratase, mi ser errante saboreó una vez más de un mundo natural y des-humano. Efímero aún dentro de su perpetuidad. Silencioso. Solemne y radiante.

¿Será que para eso olvidamos? ¿Para redescubrir la ingenuidad y los secretos más sutiles de este mundo? ¿Y después de tantas vueltas, reencontrarnos con la magia radiante e infinita? ¿Para impregnarnos de efímeridad?

II
…colisiones y otras vueltas

Como poseído por terrícola impulso, los pasos concretos y rígidos transformaron al terranauta, conduciéndole irrevocablemente hacia la fecunda suavidad de tierras oscuras, decoradas por relucientes piedrecillas y esponjada por aguas generosas, cómplices de tormentas y nocturnidad.

Aguerrido, se abrió paso entre la exhuberante vegetación. Con la dificultad de un alpinista debutante, escaló los Cinco Montículos Premonitorios, en cuyas cúspides no encontró ni sabios ni oráculos, sino que extensos paisajes vacuos y un vasto sabor a libertad. Avanzó por los invisibles senderos y descubrió pequeños sahumerios de maíz tostado, ofrendas ceremoniales por muy pocos degustados. Infló su pecho y en el ahínco sagrado del humo, encontró una fuerza desconocida que le arrastró hacia la cúspide del Tercer Montículo. Desde la inhóspita altitud divisó en la distancia una pradera de abundante verdor. Estrepitósamente, como si los dioses le arrastraran por las solapas de su abrigo azul, descendió hacia aquel llano recubierto de una pelusilla minúscula e infinita, y rodeado por altos troncos que cerraban el espacio en un círculo de verde primor, descansó.

Desde el suelo contempló aquel techo movedizo por el cual se filtraban rayos de sol. Agudizó el oído y, más que brisa, escuchó voces vegetales. Al verse rodeado de madera viviente, reconoció que se encontraba en medio de una arbórea conversación. Era del octicentésimo Concilio de Almendros, celebrado a las vísperas de la Procesión de las Sombras y, justo en el momento en que el terranauta invocaba a las musas del sueño, en risas salpicantes estallaron los Almendros. Era la primera vez que el terranauta veía árboles de tan elevada estatura, pero no fue la verticalidad de sus troncos la causa de profundas impresiones, sino que las amplias hojas explayadas recubriendo el firmamento. Las clorofílicas risas cesaron, y fue evidente que además de cómicos, los Almendros avanzaban hacia temas de fortuita seriedad, o por lo menos, secretos para el oído humano, ese que por escuchar de todo, no recuerda nada, y que intercambia magia y sueños por otro tipo de hojas, que en lugar de venas y sangre verde, imprimen rostros y números dejando el aire impregnado en fétido olor.

Quince años atrás, en el afán de alejarse de humanas distracciones, los Cinco Sabios Almendros decidieron elevarse hacia lo más alto del firmamento para entablar cómodamente sus conversaciones trascendentales, mientras entre hoja y hoja, degustaban copas de clorofila refrescadas por corrientes de aire. Tanto se elevaron que además de la calma y el silencio, encontraron la efervescencia del Sol, ese que en lugar iluminar sus pláticas, las encendía con su fulminante calor. En su sabiduría, y para evitar innecesarios incendios, los enardecidos Almendros esperaban pacientes por las refrescantes aguas disfrazadas de lloviznas intermitentes o tormentas tempestuosas. Así crecieron, por cientos de años, los Sabios Almendros, conversando e imaginando con la infinidad del cielo, soñando entre nube y nube con un mundo más sencillo, sin plagas de hormigas cosquilleando por sus troncos, sin ardillas robando y carcomiendo a sus tiernas hijas las Almendras, pero más importante aún, sin humanos taladrando, con sus chácharas viciosas, el verde silencio.

Qué temas fueron dignos de conversación serán para siempre un misterio, pues a pesar de su oído fino y la perspicacia de sus ojos, el terranauta no comprendía el lenguaje de los Almendros; ese que en su verdor se fuga por entre las ramas y que al madurar se escapa junto a la brisa cayendo en la tierra, recubriéndola de una alfombra frondosa y digna para la Procesión de las Sombras, esas que al atardecer desfilan por el sendero de la eternidad rumbo a los mausoleos de colores con nombres pintados sobre pequeños azulejos.

Bajo las voces ininteligibles y el flagrante camino cubierto de Sombras, avanzó la oscuridad taloneando los pasos sonrojados de un Sol cada vez más perecedero. En la penumbra, el susurro clorofílico cesó y de las visiones almendradas sólo quedó una oscuridad salvaje tropezando con las risas y aplausos, los gritos y halagos, los juegos y regaños de los vivos; mientras todos estos misterios le eran revelados al silencioso terranauta, quien paciente escuchaba a los difuntos parlanchines, y que de vez en cuando se acercaban con historias, encontrando palabras humanas para revelar esos secretos que la imaginación onírica, y el hipo, previene a los cuentistas de callar.

The Wall, revisited.

(La siguiente historia contiene spoilers sobre el film Roger Waters The Wall. Han sido advertidos).

Anoche fui al cine a ver Roger Waters The Wall. El film, contrario al disco o a los “conciertos”, no comienza de golpe. Todos sabemos de qué va The Wall y la tecnología utilizada por Roger en su gira conmemorativa por el 30 aniversario, pero no todos conocemos la historia de Waters. Me limitaré entonces a escribir que durante la secuencia de títulos, vemos a un tal Mr. Waters caminando acompañado de un maletín y una trompeta. Se sube a un automóvil, lo enciende y se va. Me parece un inicio inesperado, especialmente porque cuando pienso en The Wall, siempre pienso es ese hammond punzante e histérico sonando, literalmente, “In the Flesh”.

Con un Roger maduro, un desfile de músicos de primer nivel y guitarras que van desde telecasters, la reluciente gibson goldtop de Snowy White, un set de acústicas y la clásica stratocaster recordando a Gilmour, el film se extiende, canción tras canción, en la relación personal entre Mr. Waters y su padre; mezclada con una recopilación de los diferentes conciertos realizados en la gira de 30 aniversario, con arreglos musicales y una puesta en escena muy fieles, (o muy poco modificados, según Nick Mason) a la producción original. ¿Que puedo escribir? Sí, se estrella el avión en una algarabía de fuegos artificiales. Sí, aparece el maestro gigante mientras todos dentro de la sala de cine cantamos “we don’t need no education” y en los pies siento las vibraciones en el piso pues alguien, al otro extremo de la fila H, zapatea con increíble precisión y emoción. Sí, también aparece el Roger del pasado, flaco y en blanco y negro junto a la madre gigante con brazos de muro afirmando que no nos dejará volar, pero sí cantar; mientras detrás en la pantalla roja, el Hermano Mayor nos observa con su ojo penetrante.

Mataría por haber visto este show en vivo. Un temblor interno me invade. No es el frio del cine, ni la Coca-Cola con hielo por falta de cerveza o whisky. Es el temblor producto de las emociones que se me agolpan cuando recuerdo cómo llegué al muro. Pink Floyd, más que música, significa amistad. Significa recordar a todos aquellos que se apropiaron la misión de transmitir este legado. Y hoy, después de tantas vueltas, por primera vez comparto el muro con tanta gente desconocida mientras al unísono y en murmullos cantamos “Goodbye blue sky, goodbye… Goodbye. Goodbye.”

Ya vamos bien adentro, y en las sombrías y amenazantes tonadas de “Empty Spaces”, comprendo una vez más que hemos llegado al punto de no retorno. A Pink ya no le queda más remedio que terminar el maldito muro. Cuatro filas abajo, una chica de pelo corto baila, literalmente, al ritmo de “Young Lust” mientras un desfiladero de chicas aparece en la gran pantalla. Pink avanza en la tarea de construir un muro donde Roger proyecta a todos aquellos que han caído en combates y guerras. Mientras tanto, Mr. Waters avanza rumbo a Italia dentro de su vehículo negro, acompañado de historias, paisajes y recuerdos.

Una persona en la fila de abajo saca su dispositivo móvil para grabar todas esas escenas donde conocemos más sobre Mr. Waters. Dos desconocidos de edad madura murmuran a mi lado que si van a sonar todas las canciones. Que han modificado el orden, exclama uno. Que no, le responde el otro. Tenía mucho tiempo de no escuchar el muro, y al visitarlo hoy, tan sin aviso, me doy cuenta de que he olvidado el orden de las canciones. ¿A qué horas suena Vera, era antes o después de Another Brick in the Wall 3? En eso estoy cuando Roger se asoma por el único ladrillo que falta en el muro y la audiencia susurra “Goodbye, cruel world, I’m leaving you today. Goodbye. Goodbye… Goodbye.”

El muro se cierra por completo. En la pantalla no queda más que un muro impenetrable y ese chip mental de cambiar del lado A al B.

Suena “Hey You” y comienza, a mi criterio, la parte más emocional de todo el muro, no sólo por la música o por conocer el estado emocional de Pink, sino porque al igual que muchos otros, sé lo que significa hablar con muros. Será por la experiencia colectiva, o por todas las cosas que me ha tocado vivir, pero esta vez no pienso en mis muros, pienso en los ajenos. Entre los involuntarios temblores, el frío del cine y gente desconocida que murmura solemnemente “Hey you ! out there in the cold getting lonely, getting old, can you feel me…” me veo sentada afuera, igual como estoy desde la butaca de cine, viendo no el muro de Pink, ni el de Roger ni el de Mr. Waters; estoy viendo el muro de todos aquellos que de alguna u otra manera me sacaron de su vida en un silencio duro y tenaz. ¿Soy yo un ladrillo más en esos muros? me pregunto mientras con tristeza susurro, “Is there anybody out there?”

En el silencio, sólo me queda “Vera”. En mi corazón, genuinamente deseo que lo que ella dijo sea verdad, que esos ex(?)amigos y yo, nos encontremos nuevamente en un día soleado. Que de la misma forma como proyecta Roger en su muro, todos los que tienen a alguien lejos por causa de un conflicto, propio o ajeno, se reencuentren también. Que como escribe en el muro, citando a Eisenhower, dejemos de robarle vida al mundo.

Mientras tanto, el show debe continuar.

El film avanza entre cortes del concierto de un Roger dramatizando a un Pink revitalizado por las drogas, acribillando fans en la audiencia, corriendo hacia el infierno de día y de noche mientras martillos gigantes marchan y me siento junto a Roger en el bunker detrás del muro a esperar a que los gusanos lleguen, esperando vestir una camiseta negra, esperando por la solución final mientras acompañamos a un Mr. Waters en su viaje de no retorno desde Francia hasta Italia, donde descubrimos más sobre él, sobre los nazis, sobre la guerra, sobre su familia, sobre su padre. Sobre lo que, a fin de cuentas, significa perder. Así llegamos al juicio final, a través de un trabajo cinematográfico que no sólo añade belleza estética al mundo o complementa la narrativa de The Wall, sino que revitaliza el significado emocional de ese muro longevo que se alarga y adapta hasta el día de hoy, 36 años después.

Roger Waters The Wall es más que un “ musical” recopilatorio de su gira de 30 aniversario. Es más que un documental que cuenta memorias familiares de un Mr. Waters setentón. The Wall es, y seguirá siendo, una experiencia personal y colectiva. Es, y seguirá siendo, un “wake up call”. Es, y seguirá siendo, eterno.

—DA20150930

Reflexiones de gravedad.

La gravedad no es aquella que se presenta en dramas, crisis económicas, enfermedades o problemas personales. No. La gravedad es esa que a 9.8 m/s2 aproximadamente, nos hace caer a todos por igual.

Desde pequeños aprendemos a caminar y es debido a la desproporción de la cabeza con el resto del cuerpo que caemos con frecuencia. A esas edades, caerse es socialmente aceptado, forma parte del jugar. Es normal. Luego algo pasa y, no sé en qué momento, aprendemos a balancear y dominar. Caer deja de ser un juego. Es algo para evitar. “Fue un accidente”, decimos avergonzados, aun cuando es la mismísima gravedad terrestre la que nos empuja hacia el suelo.

Siempre son los gatos el ejemplo a la hora de caer, ahí retorciéndose en el aire y cayendo como acróbatas de pie. Otras veces, la manzana deja de ser pecaminosa para ser la inspiración de grandes conclusiones, tal fuera el caso (o leyenda) sobre Sir Isaac Newton. Sin embargo para la gran mayoría, gravedad significa caer, y caer significa dolor.

Dolor porque caer es perder el balance. Es el recordatorio de que existen cosas que atraen lo suficiente como para perder el control; cosas contra las que todavía no se puede y que, humillados desde el suelo, toca levantar la humanidad contra la gravedad. La gravedad de ser juzgados. La gravedad de las consecuencias.

Albert Einstein demostró que la fuerza de gravedad es una ilusión, un efecto de la geometría del espacio-tiempo, que es la Tierra la que deforma el espacio-tiempo de nuestro entorno, haciendo que el propio espacio nos empuje hacia el suelo. Nada diferente a lo que en nuestra limitada naturaleza humana hacemos: deformar situaciones creando un efecto de realidad temporal que nos empuja hacia el suelo a causa de sesgadas interpretaciones.

Unos dirán que el éxito es caerse seis veces y levantarse siete. Otros recomendarán con no tropezar con la misma piedra. Otros se reirán porque —aceptémoslo—es divertido ver a alguien caer. Otros se quedarán en silencio, te levantarán, te sacudirán “sana sana culito de rana” y te indicarán continuar, porque intrínsecamente sabemos que la verdadera gravedad no es caer, es no caer. Sabemos que sin importar la situación, la vida es un juego muy parecido al Tetris, donde las piezas aún cayendo, siempre encajan si las sabes reorganizar.

[HHC.DA20150911]