A wall of ‘What if…’?

we’ve been wall-flowered. the promise of a wall dividing mexico and the united states is one beyond of physical bricks.

physical or not, a wall has already been built in our minds setting us apart. setting us on “the other side”. is it good? is it bad? i don’t know.

uninformed about the current situation, this excerpt is no attempt to talk about the wall itself. it’s no attempt to discuss the problems but one to question possibilities.

what if the wall, instead of a wall, was a symbol of possibilities?
what if the wall, instead of leaving, forced our people to stay?
what if our people staying made our crisis harder and deeper?
what if crisis getting deeper woke people up to face reality?
what if people facing reality drove them to reclaim their countries sovereignty?
what if people reclaiming their countries sovereignty drove them to recover their country?
what if, recovering our countries from corruption, allowed people to take action making change possible?

beside all the wrong the wall means, what if the wall was an opportunity to shrink every latin american nation and forced us not to hide, but to face our issues? what if this wall forcer us to look inside, stay and change our reality?

stupid? naîve? perhaps… but, what if…?

La Honestidad de la Ilusión

Sol. Frío. Azul.
El cielo. Desierto.
Personas de todos los tamaños y nacionalidades.
Réplicas del Chrysler de Nueva York,
después de haber visto el “original” en NYC.
Ilusión. Construcción.
La Estatua de La Libertad.
Músicos en la calle.
Mamás pidiendo limosnas.
Darth Vader. Stormtroopers
Paseando por Las Vegas Strip
El león dorado. David Copperfield.
MGM.
Iron Man.
Slot machines.
Dior. Gucci. Prada.
The Cosmopolitan
Edificios de cristal.
Olor a Navidad.
Cirque du Soleil.
Slot machines.
Las fuentes del Bellagio.
El Caesar’s Palace.
Corredores de apuestas.
Slot machines.
Blackjack.
Puentes.
Carreteras de 8 carriles.
Réplica de París.
El Arco del Triunfo.
La Torre Eiffel.
Gordon Ramsay
¿El original o réplica también?
Limosnas.
Limosinas.
Estatuas griegas,
¿O réplicas romanas?
Strippers.
Sex shops.
¿Slut machines?
Ruletas.
Flamencos de neón.
Cerditos rosados de felpa.
Cielos falsos (falsos) (falsos) pintados de nubes y eterno azul
Gondoleros venezzianos
The Mirage, (mirage), (mirage),
Donald Trump.
Mendigos.
Teatros.
Borrachos.
Coca-Cola.
M&M Store.
Nieve artificial.
Árboles parlantes.
Calabazas gigantes.
Candelabros de cristal.
Poker
Poker tables,
¡Alcen sus apuestas!
Poker-face.

Capital of Second Chances from House of Nod on Vimeo.

La vida como un sueño

Jamás imaginé ir a Las Vegas.

Pensé que era un lugar ajeno a mí, a mis intereses y a mi concepto de diversión, sin embargo, vivir 7 días en la “Capital de las Segundas Oportunidades” fue más que una odisea y un malabarismo económico; fue la oportunidad perfecta para experimentar que esto que llamamos “vida” no es más que un sueño sutil que nos encanta etiquetar como “real”.

Paso tras paso, Las Vegas Strip se presentó en contrastes de opulencia y pobreza; de edificaciones con fuentes interminables de agua dentro de una región que lucha por no secarse; de magnas réplicas de monumentos europeos que son solo un espejismo —‘a mirage’.

Muchos podrán criticar la superficialidad de esta ciudad. Su falsedad. Su opulencia. Su dinámica banal; pero para mí, más que un engaño, es una ciudad que grita honestidad. Una ciudad que a través de imágenes grita desesperadamente la verdad: que todo es una ilusión. Un teatro. Un set de película. Una re-creación. Una réplica de todas esas imágenes colectivas que conforman el mundo como lo conocemos. Una fabricación condensada de la realidad.

Estar en la “Capital de la Ilusión”, más que un recordatorio, fue una experiencia tangible de las cosas como son: un sueño lleno de posibilidades. Un sueño tan tangible y efímero como el dinero que en un segundo tenés y al siguiente perdés jugando black jack. Una evidencia que el espacio es ilimitado para construir realidades y oportunidades.

Las Vegas, más que casinos y apuestas, es la certeza que las personas construimos aquello en lo que nos enfocamos, y que la única apuesta, más que el dinero, es creer que todo es una realidad física, tangible y limitante o una ilusión, mágica, flexible e ilimitada.

¿A qué le apostás hoy?

A dream within a dream?

by Edgard Allan Poe

Take this kiss upon the brow!
And, in parting from you now,
Thus much let me avow —
You are not wrong, who deem
That my days have been a dream;
Yet if hope has flown away
In a night, or in a day,
In a vision, or in none,
Is it therefore the less gone?
All that we see or seem
Is but a dream within a dream.

I stand amid the roar
Of a surf-tormented shore,
And I hold within my hand
Grains of the golden sand —
How few! yet how they creep
Through my fingers to the deep,
While I weep — while I weep!
O God! Can I not grasp
Them with a tighter clasp?
O God! can I not save
One from the pitiless wave?
Is all that we see or seem
But a dream within a dream?

5 cosas que aprendí al darme un Coffee Break

Todos saben que comenzar es difícil. Todos, excepto los soñadores. Por eso, cuando Flor me invitó a un Beer Break para hablar de ideas y sueños, (por aquel entonces no sabíamos que cambiaríamos las cervezas por cafés), para mí fue bastante fácil decirle que sí. Que sí, pero que me tenía que esperar hasta Febrero pues ya tenía un viaje programado a Rusia. Que sí, porque ya tenemos un proyecto en común, Non Girly Blue. Que sí, porque si lo habíamos logrado una vez, ¿por qué no una segunda vez?

Esa noche de diciembre hablamos mucho, como siempre lo hacemos. Hablamos de lo bueno de la industria, de lo malo de los sistemas, de lo extraño de este mundo en constante flux. Hablamos de los sueños, esos que desde que nacen comienzan a crecer y que por más que uno intente evadirlos siempre encuentran formas de manifestarse, de salir a la superficie y gritar “no puedes ignorarme”, y los ves dos, cinco, diez años después, para nada descoloridos, para nada desnutridos, sino que fortificados, nutridos por las entrañas, por el corazón.
Así platicamos esa noche.

Era diciembre y no teníamos nombre. No teníamos procesos. No teníamos esos archivos en Excel que registran números y fechas y que documentan los logros y los retos, esos que nos enseñan cómo hacer las cosas mejor. No teníamos nada, ni siquiera la remota idea de que materializar sueños es más trabajo que el trabajo.

Cuatro meses después miro hacia atrás, no para coger impulso, sino que para ver el camino recorrido. Para entender que aunque el mundo te venda la idea de “perseguir tus sueños”, de “emprender”, de “ser independiente”, realmente son pocos aquellos que te hablan cómo lograrlo, y que son escasos quienes te ayudan a recorrer camino.

Por eso, acá quiero compartirles 5 cosas que he aprendido hasta la fecha dentro de este Coffee Break.

1. Aterrizar requiere habilidades.
Todo el mundo tiene ideas. Todos. Pero, ¿Qué pasa cuando crees en una de ellas y no sabés cómo bajarla a tierra? Soñar es fácil, es gratis, pero accionar los mecanismos para comenzar a bajar a tierra es otra historia. Para que me entiendan, aterrizar una idea es similar a aterrizar en Toncontín: intrincado, lleno de vueltas y turbulencias, de una pista de aterrizaje demasiado corta y un frenazo violento obligado porque si no lo hacés, terminás en un accidente fatal al otro lado de la carretera. Así es comenzar una empresa con cero conocimiento, cero capital, cero alianzas pero mil ganas de materializar los sueños. No cualquiera aterriza en Toncontín, el segundo aeropuerto más peligroso del mundo. Aterrizar requiere conocimiento, preparación y también ser consciente que cualquier idea por más ingeniosa que parezca, tiene el potencial de estrellarse en el camino. Lo que me lleva al aprendizaje #2.

2. La importancia de los sistemas.
Salirse de la industria publicitaria como la conocemos es un ideal, un acto de rebeldía, un sueño por hacer realidad. Sí… Sentir la libertad de hacer lo que te plazca, de trazar tu propio norte, de alzar tus propias banderas… es lindo, es necesario, pero solamente es el primer paso. Para echar andar una idea es necesario fijar rumbos y trazar caminos, en otras palabras, planificar. Mi parte funcional-racional, y la experiencia, me ha demostrado múltiples veces en situaciones diferentes que sin un sistema no se llega muy lejos. La idea acá no es “construir” un sistema, tal acercamiento es un error. Hasta el mejor de los sistemas si se aborda desde la visión de “construcción” llega a ser complicado, engorroso y rígido. La importancia de un sistema no es para encasillar, no es para definir y mucho menos es para ser respetado. Un sistema es para delinear los potenciales caminos y, con el tiempo, la práctica, la experiencia, modificarlo, mejorarlo, botarlo y reinventarlo. Un sistema es como el cuerpo, es una cosa orgánica, mutable y cambiante.

3. Ser dueño comienza desde adentro.
No basta con decir “tengo una idea”, o decir “comencemos una empresa”. Ese es solo el primer paso. Para llevar a cabo una idea es fundamental sentirse dueño, apersonarse —como diría el papá de una amiga colombiana; es apropiarse de las ideas, de los procesos, de los retos, de los fracasos, de los logros. Sentirse dueño porque si uno no camina, tampoco camina la cosa. Porque si uno no es dueño, nadie más lo será; pero más que dueño de algo se trata de sentirse dueño de uno mismo, de entender que todo lo que se hace comienza con la responsabilidad, de entender que lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, no sólo deben ser congruentes, sino que deben estar alineados. Si tener una idea es el primer paso, yo diría que adueñarse de la idea es el segundo.

4. Entender que no se puede solo.
Nadie es líder de una banda de una sola persona. Fueron las conexiones de la vida que me puso desde el comienzo muy buenos mentores. Cuando yo tenía 22 años, mi primer jefe, amigo y maestro Gustavo Gutiérrez me enseño con acciones que esta industria no es de glorias individuales. Que ese ego de “one-man-show” solo te lleva al deterioro. Esta ya no es una industria de egos individuales, de estrellas creativas que buscan tocar el fuego. El verdadero poder está en el colectivo, en la capacidad y necesidad humana de colaborar, de participar, de crecer, aprender y reaprender, de adaptar y remezclar. El éxito no radica en aprender cosas nuevas todos los días, el éxito radica en saber de qué se carece y buscar aliados que crean en tí y te ayuden a llegar a donde quieres llegar.

5. La energía femenina es creativa.
Y es acá donde llego a este punto, que más que aprendizaje, es una verdad: la energía femenina es creativa. Fue nuestra asesora Cristina Alvarez de Credisol, quien entre sesiones financieras, que además parecían clases de inteligencia emocional, empoderamiento femenino y visualización hacia un futuro colectivo y armónico, nos ayudó a redescrubrir esta verdad. Porque, ¿Qué es lo que pasa? Venimos de una industria creativa dominada por hombres, diseccionada por overheads y controlada por órdenes de trabajo que en lugar de rentabilizar, destruyen el espíritu creativo. Una industria donde el camino creativo para una mujer no es ni ⅓ de lo que vivió Peggy Olson en la tan afamanda serie “MadMen”, porque si se llamara MadWoman seguramente fuera una secuela a esa película “Durmiendo con el Enemigo”. Si señores, la industria creativa es dura. Es esa donde apenas 3% son directoras creativas. Esa donde ser reconocida como “creativa” es un mito porque de 5 lugares donde he trabajado, solo en 1 habían directoras creativas y ambas renunciaron. Esa donde muchas tiran la toalla y migran a cuentas, a medios, a planning; o terminan saliéndose del juego porque dejamos de creer en nuestros superpoderes, porque les creemos y olvidamos la verdad: que la energía femenina es, por naturaleza primero y por derecho después, creativa. Si no me creen, simplemente recuerden su infancia, ¿Quién se inventaba los juegos cuando esperaban aburridos en la sala del doctor? ¿Quién encendía sus paladares con la comida? ¿Quién se inventaba las historias para explicar el mundo? ¿Quién planificaba las vacaciones? ¿Quién? Piénsenlo. Recuérdenlo. Repítanlo: la energía femenina ES creativa.

Y así, esos son algunos de los aprendizajes que me ha dejado este Coffee Break. Vendrán más, así como vendrán más coffee breaks, más retos y más logros.
Vendrán más.

Instrucciones para sacar la mierda

Hace varios meses conocí a una terapeuta infantil. Parte de su trabajo es enseñarle a los niños a despedirse de la mierda. Si. Despedirse de la mierda. Esfínteres 1 y Esfínteres 2 son los niveles de educación donde los niños aprenden a controlar sus necesidades fisiológicas. Mientras hablaba con esta educadora, aprendí que parte de este método es aprender que desechar la mierda. Si tan solo a mí me hubiesen enseñado a hacerlo.

No profundicé mucho sobre el cómo porque la sorpresa ante estos nuevos conceptos me dejó anonadada. Meses después, aquí me encuentro reflexionando —y escribiendo sobre la mierda.

Instrucciones para sacar la mierda

  1. Reconozca que la mierda es un resultado de causa y efecto. Es un proceso natural de ingestión/digestión.
  2. Recuerde que ningún organismo vivo es capaz de absorber todo lo que ingiere y, por lo tanto, todo aquello que no aporte nutrientes ni oportunidades para crecer debe ser prontamente desechado. Un organismo saludable evacúa diariamente.
  3. Entienda que la mierda no está afuera en el mundo. No, el mundo, la sociedad, su trabajo, no son la mierda. La verdadera mierda está dentro de usted.
  4. La mierda ocupa espacio en su interior, reconozca que al no contar con nutrientes, es un espacio ocupado y sin valor, es un espacio lleno de —mierda.
  5. Respire. Reconozca las señales en su organismo que le indiquen que es hora de soltar y evacuar.
  6. Relájese. Muchas veces puede ser complicado dejar ir la mierda, lo que puede llevar a un proceso de constipación, pero recuerde que más que una incapacidad para evacuar, se trata de un bloqueo en el proceso de soltar y dejar ir todo aquello que no es constructivo para usted.
  7. Rechace los atajos, medicamentos y cualquier otro menjunje que le asegure ya sea una tapazón o una descongestión. Ningún atajo es verdaderamente efectivo y únicamente puede propinarle una descompensación. Lo que nos lleva al siguiente punto:
  8. Respete su tiempo. Recuerde que dependiendo de lo que haya dejado entrar en su organismo, así puede ser complicado o fácil el proceso de soltura y evacuación. Dese el tiempo necesario para poder sacar todo aquello que le roba espacio y vitalidad. Más vale mierda afuera que putrefacción interna.
  9. Evacúe diariamente. Aún cuando considere que no hay nada que evacuar, tómese su tiempo para sentir su organismo y deseche todo aquello que le incomode, que no le permita crecer o que simplemente le robe espacio para su felicidad.
  10. Finalmente, vea la mierda fuera de usted, tire de la cadena, deje el agua fluir y sonría, ¡Adiós, mierda!.

I saw the gap again today.

For many years, Maynard sung this line in my head. It played over and over whenever I found myself in situations I could not cope with, reminding me that disassociation was always the best way to deal with emotional pain, creating many, many gaps between me and myself, between myself and the world.

A metaphor or not, the gap is real. It mutates. It widens. It’s dangerous. The gap is dark. The gap is vicious. The gap remains silent and looks at you even when you don’t look at it. The gap is vast, like a black hole in the universe.

I would sit in front of the gap not daring to move, not daring to enter either. “I know where thou ist, gap! Dare I not to enter.” I’d shout at the gap and walk away to find any distraction, like work, friends, alcohol, money / g a p / relationships, fancy dinners / g a p / meditation, breathe in, breathe out, yoga / g a p / food, friends, films / g a p / sleep, family, travel / g a p / work again, blog posts, friends, / g a p / pizza, beer, beach / g a p / Scotch nights, more travel, new languages / g a p /  g   a    p    /      g       a        p. The gap is eternal, all-pervading. It’s always there, silent, all-observant.

“Hello, gap,” I smiled nervously every time I saw it.

By my 26th birthday, the gap wanted me. I was afraid to go through the gap. The truth is that I was deadly afraid of the gap. The gap seemed real and I all I could do was stand in front of it,  frozen, unwilling to cross, unwilling to disappear.

“Take care not to make me enter,” I repeated to myself. I didn’t want to let the other “me(s)” disappear. I didn’t know what the gap was nor what I would find on the other side. To me, it was a giant void on unknowness. I wanted fresh things but known situations. I wanted freedom but safety. I wanted change but to continue wherever I was. I wanted to belong and go away at the same time. I wanted to keep the work, the friends, the love I’d achieved with so much dedication and effort. I wanted to fight for the dreamed world, even if it meant to live vicariously. But the gap was vicious, pushing me, shoving me, bloodsucking my sanity and resistance. That’s when I panicked. I was afraid that my suicidal tendencies would wake up from their sleep and push me hard into real physical harm. I was afraid of a mental break down. Moreover, I was afraid of the gap because I couldn’t find it outside. The gap was within. The gap was me.

A rampage of smoking and drinking made the perfect escape. Isolation was the cherry on top of the cake. What a glorious tool denial and disassociation is. When you detach from yourself and your surroundings, the gap not only becomes unemotionally painful, it fades away under a foggy sky of existentialism. But make no mistake, all the pain you try to avoid, it will come. Pain always comes disguised as change.

Four years have passed, and as change is the only constant, everything has changed. I don’t have the same job I worked so hard to earn. I don’t have the same friends but the ones I keep are the ones I need. I’ve accomplished most of the things I’ve said I would do by my thirties. I’m free to love whoever, wherever I want. Day after day, I struggle with my disassociation tendencies because I don’t want to live vicariously anymore.

I’ve accepted the gap and acknowledged it as it is: a gap. I’ve been standing in front of the gap for a year now, looking to the other side, thinking if I really have to enter. Will I disappear? I ask myself. Most likely not. What’s in me that I’m so reluctant to lose?, I ask.

As an effort to keep me grounded and socialise with other humans, I went hiking yesterday. The place was new and shining. Nature grew wild and splendorous. Humanity was nothing compared to the rocky mountains and trees. There I was, lost in thought when I saw the gap again. For once, I felt no fear. I didn’t want to run away.

For the first time I was able to see the gap  outside. The gap was physical. The gap was rocks. The gap was in fact, a gap.

From the distance, all you could see was the remains of a giant rock, now broken by earthquakes, rain and erosion.

The once solid rock was now a  passageway where particles of dust played in the air between rays of light, creating a martian-like atmosphere. The caverns created interconnected tunnels where you could walk and climb. Walking inside the rock all you could think of was on the other side. Where does it lead? What will I find? Mellow moss grew in the shadows. In the walls, the remains of spider webs. On the other side, a mild waterfall. Small ponds of water and fish.

There was no mystery, only life behind the gap.

The world seems cruel when it comes to change. Sometimes, it can be brutal but it surely delivers the best. Even diamonds were once only carbon.

DA20160229

Diciembre y su felicidad

Diciembre. Un mes lleno de felicidad de publicidad, regalos y aguinaldos, árboles de Navidad, pavos y Santa Claus.

El sol quema grosero en las calles de San Salvador. El tráfico está del demonio. Los bancos atragantados de personas. Y yo, contra todo pronóstico, amo diciembre. Amo esa felicidad de publicidad. Esos regalos y aguinaldos. Esos árboles de Navidad, pavos y Santa Claus.

Solía pensar que la gente que hacía eso —celebrar fiestas— eran un cliché, una burla, un síntoma visible de un consumismo desenfrenado que sólo busca vaciar sus billeteras a cambio de cosas innecesarias. Que lo esencial no se celebra en Navidad, San Valentín o el día de las Madres, sino que todos los días. Solía sentirme especial y diferente al ser de las pocas personas “razonables” y “cuerdas” que no se emocionan bobamente por una festividad. Solía pensar que no era necesario llegar a Diciembre para sentirse feliz, que esa sensación debía mantenerse todos los días y si habían personas que no lo lograban eran ellos los que estaban mal, no yo. Hasta que este año me di cuenta que el cliché era yo. Si, yo. Odiar la Navidad es tan cliché como celebrarla porque no se trata de ganar argumentos ni de tener la razón, se trata de compartir felicidad.

En este año que acaba y que deja, según algunos medios de comunicación, más de 6,800 muertos por causa de la violencia general, genuinamente comprendo que llegar al día de Navidad sea una odisea, una bendición, un regalo o producto de la buena suerte. Es en este diciembre, mientras manejo por el caos vehicular a pleno mediodía dentro de un automóvil con el aire acondicionado apagado, que me alegro genuinamente por todos aquellos que encuentran —por lo menos— razones externas para sentirse, expresar y compartir felicidad ya que para la gran mayoría, un día de felicidad equivale a un año, a una vida entera. ¿Qué podemos hacer si los seres humanos necesitamos símbolos externos para encontrarle respuestas a esas preguntas que secretamente invaden nuestro interior? Es ahí donde Diciembre, dentro del imaginario colectivo, representa eso: la felicidad de terminar algo, la felicidad de iniciar algo.

Estoy envejeciendo —o madurando—pero por primera vez me alegro de verdad pasar este mes en casa, con mi familia. Luego de tantos ires y venires, indecisiones y acciones, de viajes y fines de semana en cama, me encuentro afortunada y millonaria. Afortunada porque soy de las pocas familias que no experimentaron pérdidas por causa de una violencia descomunal dentro de un país donde la única solución visible es huir. Millonaria porque de todos los viajes que emprendí no traje nada, sólo las sonrisas, las historias y las experiencias que crecen en mi corazón. Afortunada porque de toda la gente que perdí en enemistades y distancias absurdas, me queda la sabiduría de cómo relacionarme mejor con los demás y aprender de los éxitos ajenos. Millonaria porque entre mis pocos retos y preocupaciones, logré terminar los doce libros que dije que iba a leer, ver las 100 películas que dije que iba a ver, acercarme más a mis amigos y proteger la amistad, porque logré ordenar mi economía, pero sobre todo, porque día a día aprendo a administrar mis emociones y es toda esta riqueza lo que tengo por compartir día a día, no sólo en diciembre.

Mi único deseo de Navidad es que todos los seres encuentren las joyas que el día a día oculta, en forma de sol, de sonrisas, de solidaridad y de amistad.